«Deseosos por vivir.»
-Espera, espera. No tengo condón.- jadeó. Brooke gimoteó y se retorció entre sus brazos, desesperada por acabar. Él aquietó sus movimientos, sujetándola a él; sus pieles, húmedas por el sudor, se deslizaban una contra la otra.
Estaba tan perdida en la pasión, en el dolor de no haber podido acabar. Lágrimas rodaron por sus mejillas. Su cabeza cayó hacia atrás, sobre su hombro, él la observó. El brillo de las lágrimas realzó el brillo esmeralda de sus ojos, mientras luchaba por contenerlas. La pasión se hizo más fuerte, mientras la impaciencia la dominaba.
Él volvió a moverse, llevándolos de nuevo hacia arriba. Pero entonces ella cayó en la cuenta de lo que significaban las palabras que él había dicho.
-Para, esto no está bien.- pero él ya no la escuchaba. Seguía moviéndose ignorando las suplicas de Brooke. Se inclinó hacia delante y hundió los dientes en la mano que le rodeaba el pecho.
Hayden gruñó, después rio y gimió al instante, cuando su miembro se meció dentro de su estrecho canal. Su lengua se deslizó por las marcas sangrantes que le había dejado ella. El ataque le insufló un salvaje deseo. Su verga se agitó con la afluencia de sangre fresca, haciéndole hincharse de una manera que resultó dolorosa. La inclinó de nuevo, empujando sus omóplatos, dejando su mitad superior pegada al colchón.
Brooke trató de alejarse, trató de apartarlo, la agresividad del momento la hizo retorcerse contra él y luchar por liberarse. Hayden disfrutó viendo como su chica trataba de oponerse a él. Pero él vivía, sobretodo, a partir de sus instintos. Y este le exigía dominarla. La dejó tratar de oponerse, solo para luego demostrarle su habilidad para dominarla.
Finalmente su indulgencia y paciencia llegaron al límite.
—¡Quieta! —gruñó suavemente. Buscó, el ya apenas visible, mordisco que ella tenía en el cuello. Provocado hace semanas debido a él y su agresividad en el sexo. La mordió, rompiendo nuevamente su piel y probando el dulce sabor metálico de su sangre.
Brooke gimoteó ante el dolor que, segundos más tarde, se convirtió en placer mientras él la sujetaba para lanzarse a unos empujes más profundos y duros. Una y otra vez se introdujo en ella mientras la dominaba con los dientes.
Un temblor sacudió su cuerpo, haciéndola estremecer, sintiendo sus brazos convertirse en gelatina. Pudo sostenerse gracias al agarre que le suponía la mordedura de Hayden y la repetida invasión de su palpitante miembro.
Se empujó contra él cuando escuchó su gutural gruñido, junto con una maldición. Ella se empujó desesperada hacia atrás, ayudándole a enterrarse hasta la raíz.
Su vaina se ensanchó, amoldándose al hinchado miembro que la invadía, cerrándose fuertemente cuando llegó al paraíso, cayó sobre las sábanas que la esperaban. Hayden seguía moviéndose sobre ella, buscando su propia liberación. Sintió otro duro pulso del enterrado miembro de Hayden, gimió y tembló cuando otro orgasmo la hacía palpitar alrededor de él. Se percató de que Hayden permanecía a su espalda, su pecho subía y bajaba al compás de sus propias respiraciones, en ese instante fue consciente del hecho de que él había comenzado a correrse.
Se dejó caer sobre ella, rodeándola y acariciándola. Intentaron relajarse, inspirando oxigeno para que sus pulmones pudiesen trabajar.
—Ya está, nena. Relájate.-jadeó Hayden.
Brooke giró quedando de espaldas al colchón. Recogió del suelo una de las camisetas de Hayden y se la puso. Él se apoyó sobre sus brazos y volvió a dejarse caer sobre ella. Escondiendo el rostro en su cuello. Ella alargó el brazo hacia la mesita de noche, rebuscando en el pequeño cajón, la caja metálica que mantenían guardada allí. Se quejó cuando sintió a Hayden incorporarse de golpe y quitarle la caja. Él se inclinó hacia delante en la cama una vez que lo mantenía sujeto con los labios.
Brooke lo miraba atontada mientras Hayden lo encendía. Tenía algo. A ella le gustaba observarlo encender los cigarrillos, aspirar, tragar y luego echar el humo. Le hacía lucir caliente. Atrapó su labio inferior entre los dientes mientras le veía dar la primera calada. Como si él supiera lo que ella pensaba, se giró a mirarla y le sonrió mientras dejaba salir el humo.
La apegó a él y colocó el cigarrillo delante de sus labios. Brooke negó con la cabeza. No era exactamente un cigarrillo, ella sabía que en la caja no solo había tabaco. Este era un poco más grande que los cigarrillos. Un porro.
Hayden sonrió y le dio otra calada. Se acercó a su rostro y la agarró de las mejillas. Haciendo fuerza, obligándola a abrir los labios. La besó, dejando salir el humo en su boca y alejándose. Observando como ella tragaba el humo y lo dejaba salir. Al instante se encontraba ligeramente mareada, con una sonrisa atontada amenazando salir de sus labios.
No era la primera vez que fumaba un porro, o que jugaba a pasarse el humo con él. Pero le seguía afectando de una forma rápida. Le quitó de los dedos el porro y ella misma le dio una calada. Con el deseo de hacer que él se sintiera orgulloso de ella.
Hayden sonrió, estaba corrompiendo al ángel, a su ángel.
Y así pasaban los fines de semana. Los viernes por la noche él acababa en el trabajo e iba a recogerla a la universidad. Se dirigían a las fiestas del descampado; bebían, bailaban, se drogaban… Pasaban la noche drogados, sin ser conscientes de nada a su alrededor excepto del otro. Seguían así hasta la madrugada y al día siguiente se despertaban tirados en algún lugar cercano al de la fiesta; alguna casa en la que se colaban, tal vez algún coche o en el mismo suelo.
Durante todo ese día se mantenían bajo los efectos de alguna droga, ya sea la que Hayden conseguía o la que alguno de sus amigos les pasaban. Durante la noche de ese día, viajaban hasta la pequeña playa que solo ellos y los amigos de Hayden conocían. Una vez llegaban montaban una hoguera y se dedicaban a volar, hasta despertar el día siguiente, subir a la moto y volver a casa. Durante ese último día, llegaban a casa, dormían un rato y Hayden la despertaba de una forma ardiente. Pasaban horas en la cama y después pasaban lo que les quedaba de tarde fumando o jugando con sus mascotas.
Los lunes, se despertaban deseosos de que la noche llegará. Deseosos de vivir.